Ayuda inversa: cómo los países pobres desarrollan los países ricos

Por Jason Hickel – @jasonhickel

Publicado originalmente en The Guardian el 14 de enero 2017 en este enlace: https://goo.gl/6MdraX

Traducción: Andrés Rodríguez Amayuelas.

Una nueva investigación muestra que los países en desarrollo envían billones de dólares más al norte que al revés. ¿Por qué?

Durante mucho tiempo se nos ha contado una historia convincente sobre la relación entre los países ricos y los países pobres. La historia sostiene que las naciones ricas de la OCDE donan generosamente su riqueza a las naciones más pobres del sur global, para ayudarles a erradicar la pobreza y empujarlos hacia arriba en la escala de desarrollo. Sí, durante el colonialismo las potencias occidentales pueden haberse enriquecido extrayendo recursos y mano de obra esclava de sus colonias, pero eso es todo en el pasado. En estos días, dan más de 125.000 millones de dólares en ayuda cada año, evidencia sólida de su buena voluntad.

Esta historia es tan ampliamente propagada por la industria de la ayuda y los gobiernos del mundo rico que hemos llegado a darla por sentado. Pero puede que no sea tan simple como parece.

La Global Financial Integrity (GFI) y el Center for Applied Research de la Norwegian School of Economics han publicado recientemente algunos datos fascinantes. Se contabilizan todos los recursos financieros que se transfieren cada año entre los países ricos y los países pobres: no sólo la ayuda, la inversión extranjera y los flujos comerciales, sino también transferencias no financieras como la cancelación de la deuda, las remesas de los trabajadores y la fuga de capitales no registrada. La evaluación más completa de las transferencias de recursos de la que tenemos noticia.

Lo que descubrieron es que el flujo de dinero de los países ricos a los países pobres palidece en comparación con el flujo que corre en la otra dirección.

En 2012, último año de datos registrados, los países en desarrollo recibieron un total de 1,3 billones de dólares, incluyendo toda la ayuda, inversión e ingresos del exterior. Pero ese mismo año fluyeron unos 3,3 billones de dólares. En otras palabras, los países en desarrollo enviaron 2 b. $ más al resto del mundo de lo que recibieron. Si miramos todos los años desde 1980, estas salidas netas se suman a un total sorprendente de 16.3 b. $ – que es cuánto dinero se ha drenado del sur global en las últimas décadas. Para tener una idea de la magnitud de esto, 16.3 b. $ es aproximadamente el PIB de los Estados Unidos.

Lo que esto significa es que la pone del revés la narrativa de desarrollo habitual. La ayuda fluye efectivamente a la inversa. Los países ricos no están desarrollando países pobres. Los países pobres están desarrollando países ricos.

¿En qué consisten estos grandes flujos de salida? Bueno, algunos de ellos son los pagos de la deuda. Los países en vías de desarrollo han generado más de 4.2 billones de dólares en pagos de intereses solamente desde 1980 – una transferencia directa en efectivo a grandes bancos en Nueva York y Londres, en una escala que empequeñece la ayuda que recibieron durante el mismo período. Otro gran contribuyente es el ingreso que los extranjeros realizan en sus inversiones en los países en desarrollo y luego repatrian a sus países de origen. Piense en todas las ganancias que BP extrae de las reservas de petróleo de Nigeria, por ejemplo, o que Anglo-American obtiene de las minas de oro de Sudáfrica.

Pero, de lejos, el mayor número de salidas tiene que ver con la fuga de capitales no registrada -y usualmente ilícita-. GFI calcula que los países en desarrollo han perdido un total de 13.4 b. $ a través de la fuga de capital no registrada desde 1980.

La mayoría de estas salidas no registradas tienen lugar a través del sistema de comercio internacional. Básicamente, las corporaciones -tanto extranjeras como domésticas- reportan precios falsos en sus facturas comerciales para sacar dinero de los países en desarrollo directamente a los paraísos fiscales y las jurisdicciones secretas, una práctica conocida como “falsificación comercial”. Por lo general, el objetivo es evadir impuestos, pero a veces esta práctica se utiliza para lavar dinero o eludir los controles de capital. En 2012, los países en desarrollo perdieron 700.000 millones de dólares gracias a la mala información comercial, que superó en cinco veces los ingresos de la ayuda ese año.

Las empresas multinacionales también roban dinero de los países en desarrollo a través de “falsificaciones de la misma factura”, cambiando ilegalmente los beneficios entre sus propias filiales al falsificar mutuamente los precios de las facturas comerciales de ambas partes. Por ejemplo, una filial en Nigeria podría esquivar los impuestos locales cambiando el dinero a una filial relacionada en las Islas Vírgenes Británicas, donde la tasa impositiva es efectivamente cero y donde los fondos robados no pueden ser rastreados.

GFI no incluye falsificación de la misma factura en sus cifras de título porque es muy difícil de detectar, pero estiman que asciende a otros 700.000 millones de dólares al año. Y estas cifras sólo cubren el robo a través del comercio de mercancías. Si agregamos el robo a través del comercio de servicios a la mezcla, situaría el total de salidas netas de recursos alrededor de 3 b. $ por año.

Eso es 24 veces más que el presupuesto de ayuda. En otras palabras, por cada dólar de ayuda que reciben los países en desarrollo, pierden 24 dólares en salidas netas. Estas salidas despojan a los países en desarrollo de una importante fuente de ingresos y de financiación para el desarrollo. El informe GFI señala que las crecientes salidas netas han provocado que las tasas de crecimiento económico de los países en desarrollo disminuyan y son directamente responsables de la caída del nivel de vida.

¿Quién tiene la culpa de este desastre? Dado que la fuga de capitales ilegales es una gran parte del problema, es un buen punto de partida. Las compañías que se encuentran en sus facturas comerciales son claramente culpables. Pero ¿por qué es tan fácil para estas salirse con la suya? En el pasado, los funcionarios de aduanas podían evitar transacciones que parecían feas, haciendo casi imposible que alguien hiciera trampa. Pero la Organización Mundial del Comercio afirmó que esto hacía que el comercio fuera ineficaz y, desde 1994, los funcionarios de aduanas han sido obligados a aceptar los precios facturados a su valor nominal, salvo en circunstancias muy sospechosas, dificultando la captura de salidas ilícitas.

Sin embargo, la fuga de capitales ilegales no sería posible sin los paraísos fiscales. Y cuando se trata de paraísos fiscales, los culpables no son difíciles de identificar: hay más de 60 en el mundo , y la gran mayoría de ellos están controlados por un puñado de países occidentales. Existen paraísos fiscales europeos como Luxemburgo y Bélgica, y paraísos fiscales estadounidenses como Delaware y Manhattan. Pero, con mucho, la mayor red de paraísos fiscales se centra alrededor de la ‘City’ de Londres, que controla jurisdicciones con secreto bancario en diversos países de la Corona Británica y Territorios de Ultramar.

En otras palabras, algunos de los países que tanto quieren promocionar sus contribuciones a la ayuda externa son los que permiten el robo masivo de países en desarrollo.

La actual narrativa de la ayuda comienza a parecer un poco ingenua cuando tomamos en cuenta estos flujos inversos. Queda claro que la ayuda no hace más que enmascarar la mala distribución de los recursos en todo el mundo. Hace que los receptores parezcan donantes, concediéndoles una especie de status moral alto mientras que impiden que aquellos de nosotros que nos preocupamos por la pobreza global podamos entender cómo funciona realmente el sistema.

Los países pobres no necesitan caridad. Necesitan justicia. Y la justicia no es difícil de cumplir. Podríamos amortizar las deudas excesivas de los países pobres, liberándolas para gastar su dinero en desarrollo en lugar de pagar intereses en préstamos antiguos. Podríamos cerrar las jurisdicciones con secreto bancario y aplicar sanciones a los banqueros y contables que facilitan las salidas ilícitas. Y podríamos imponer un impuesto global mínimo sobre los ingresos corporativos para eliminar el incentivo de que las corporaciones muevan su dinero en todo el mundo bajo secreto.

Sabemos cómo solucionar el problema. Pero hacerlo iría contra los intereses de los poderosos bancos y corporaciones que extraen importantes beneficios materiales del sistema existente. La pregunta es, ¿tenemos el coraje?

 

 

 


La solidaridad, mejor con la cabeza

Artículo publicado originalmente en ara.cat, el 05/01/2017.

Antes de dar o hacerse socio de alguna entidad hay que hacerse preguntas y tomar decisiones: para qué, a quién, cuánto y durante cuánto tiempo

Estamos en unas fechas en las que mucha gente hace aportaciones solidarias a diferentes causas o debe decidir qué cuotas de entidades continúa pagando. El caso de Nadia y la presunta estafa solidaria de sus padres ha hecho saltar las alarmas y ahora se cuestionan las llamadas solidarias. Y está bien que sea así. El caso de Nadia nos debe ayudar a reflexionar y aprender sobre nuestra forma de ser solidarios.

La mejor solidaridad es la solidaridad consciente y constante, no la solidaridad puntual, casual, o la solidaridad reactiva ante llamadas que llegan a través de los medios de comunicación o las redes sociales, o de jóvenes con chalecos en la calle. Las llamadas son necesarias para despertar nuestras conciencias pero debemos luchar contra el inmediatismo en estos temas. La solidaridad real y efectiva es la comprometida, la de largo plazo, que permite apoyar a colectivos, comunidades o proyectos de manera sostenida en el tiempo.

La mejor solidaridad es la solidaridad que atiende los síntomas pero sobre todo actúa sobre las causas. Siempre que hacemos un donativo o nos hacemos socios de alguna entidad debemos pensar si pretende resolver un síntoma, una necesidad o si va a las causas de los problemas. A menudo hay que destinar dinero a los síntomas para evitar sufrimiento a las personas, pero no olvidemos que si no destinamos muchos más dinero a las causas nunca resolveremos realmente los problemas. Y cuando hablamos de causas, a menudo hay que invertir también en investigación y estudios, no sólo en asistencia directa. Si queremos cambiar las cosas de raíz se necesitan buenos análisis para hacer buenas propuestas y es imprescindible la presión política, la sensibilización y la difusión. No perdamos de vista que hay entidades grandes, pequeñas, generalistas o especializadas y que todas tienen su rol.

La mejor solidaridad es la solidaridad que combina razón y emoción, no la que responde sólo a impactos emocionales. Hay que vigilar especialmente con las llamadas solidarias cuando aparecen niños. A todos nos toca la fibra sensible y el corazón los niños, pero hay que ir más allá del corazón. Siempre que donamos para un niño o para una persona concreta, hay que preguntarse por qué este y no al de al lado, ¿por qué a uno y no a todos los afectados por la misma problemática?. Cuando nos quieren tocar el corazón, las fotografías y los mensajes suelen tender al sentimentalismo y el dramatismo y a menudo se abusa de la imagen de los menores, y no se respeta su intimidad o dignidad. Es por ello que las ONG tenemos unos códigos éticos para evitar caer en manipulaciones sentimentales. Las demandas de ayuda a personas concretas son absolutamente legítimas y a menudo las ponen en marcha amigos y familiares sin experiencia, con toda la buena intención, y hay que agradecerles esto, pero también hay que tener presente que estas campañas tan personalizadas o dramáticas no suelen tener un enfoque del problema global, no perduran en el tiempo y presentan más riesgos de pervertir las finalidades.

La mejor solidaridad es la que organiza y ayuda a organizarse colectivamente. Por experiencia personal sé que las soluciones colectivas son las que normalmente resuelven una situación. Si tienes un hijo con problemas, quieres ayudarle a él, pero si eres honesto, no sólo querrás ayudar a tu hijo sino todos los que están o estarán como él. La diferencia es si se lucha para soluciones individuales o para derechos colectivos, para solucionar el problema de una familia o establecer las bases para que muchas otras que se puedan ver afectadas encuentren apoyo y soluciones en el futuro.

La mejor solidaridad es la que combina lo más próximo y lo más lejano. Tenemos muchas pruebas cada día que todo lo que ocurre en el mundo nos acaba afectando. El mundo es global, y evitar los conflictos o los malestares en la otra punta del mundo puede hacer nuestro entorno cercano también más justo. Sólo localmente no conseguiremos arreglar las cosas realmente. Las migraciones y el desplazamiento forzado de personas son el ejemplo más claro. Nuestra solidaridad, siempre que sea posible, no puede olvidarse el local-global, el aquí y el allá. No hay personas de primera y de segunda. Todo el mundo por el mero hecho persona tiene los mismos derechos, haya nacido donde haya nacido.

No lo olvidemos. Antes de dar o hacerse socio de alguna entidad hay que hacerse preguntas y tomar decisiones: para qué, a quién, cuánto y durante cuánto tiempo. Haberse cuestionado esto es imprescindible para no caer en trampas, impulsividades, engaños o autoengaños. Y después de dar o hacerse socio de alguna entidad hay que seguir haciéndose preguntas, seguimiento y preocuparse. Debemos ser completamente conscientes de lo que queremos y de lo que podemos hacer. Porque la mejor solidaridad es la que nos provoca cambios personales. Y si lo hace, probablemente también provocará cambios colectivos, y es así como se construye una sociedad mejor.

Francesc Mateu @frmat


Qué hacer con tu dragón en Navidad

Tengo un dragón. Ya me gustaría a mí que fuera como Desdentado, el furia nocturna de “Cómo entrenar a tu dragón”, capaz de  transformar el miedo en encuentro y cooperación. O como  los de Daenerys Targaryen, tan prácticos para tomar conciencia de la identidad y el poder de una misma.

Pues no, mi dragón es más bien pequeñajo y casi siempre  inofensivo, pero a veces, como  todos los dragones,  anhela un tesoro. No uno como el que custodia el terrible Smaug,  el dragón de El Hobbit, que fue construido con el esfuerzo de los enanos (y enanas, supongo) a quienes Smaug expolió y expulsó de su reino bajo la montaña. El tesoro que anhela mi dragón es más bien  pequeño burgués: una vida cómoda e idílica, tipo comedia romántica, con sus buenas dosis de amor, amistad, espiritualidad, solidaridad y “buenrollismo” en general.

Comprenderéis que, en Navidad, mi pobre dragón se descontrole.  Tanta sonrisa, tanta lucecita, tanta magia por todas partes. Y todo se puede se puede comprar, oye, todo se anuncia, todo se vende, todo está a nuestro alcance con una sencilla transacción económica,   incluso  la solidaridad. Yo entiendo a mi dragón: la realidad es dura, quién no necesita unos días  de tregua, unos días para creer que las cosas son  simples,  fáciles y bonitas sin más.

Pero la realidad también es terca e insiste en colarse por las rendijas causándole un tremendo  desasosiego  a mi dragón. Se cuela, por ejemplo, cuando nos encontramos con María en la puerta del súper y nos cuenta que le han cortado la luz, y que no sabe qué va a hacer dos semanas sin comedor escolar, ni qué Navidad va a poder darles  a Sofía y a Iván, sus hijos de cinco y nueve años.  Se cuela cuando la musiquilla  prenavideña se interrumpe bruscamente por un terrible atentado que siembra el miedo, cuyo olor conjura a los fantasmas xenófobos de la vieja Europa; se cuela cuando rescatar personas en el Mediterráneo  convierte “a los buenos” en sospechosos y también cuando,  por más que mi pobre dragón compre artesanía solidaria, felicitaciones navideñas solidarias, juguetes solidarios y cualquier cantidad de solidaridad envuelta en lazos,  el 1% más rico del mundo continua acumulando  tanta riqueza como el 99% restante .

No hay buen rollo navideño que pueda con esto. Yo intento reconfortar a mi dragón recordándole que la Navidad poco tiene que ver  con la solidaridad indolora y empaquetada. Porque,  aunque  no lo parezca,  conmemora el nacimiento de un niño pobre, de un nadie cuya familia tuvo que abandonar dos veces su hogar, con él a cuestas,  a causa del poder opresor; un nadie para quien no hubo lugar en la ciudad y a quien solo las bestias y las gentes marginadas y del “mal vivir” dieron cobijo y calor con lo poco que tenían. Pero también un nadie por quien tres sabios dejaron sus lejanas casas y  cruzaron mares y desiertos siguiendo una estrella que  anunciaba algo tan  grande y tan bueno que bien valía  la incertidumbre y la incomodidad del camino.

La solidaridad es más  un camino incómodo e incierto, pero esperanzado, que un producto de consumo fácil que nos consuela momentáneamente dejándonos un vacío después.  Y la vida es más un drama épico que una comedia romántica. Recordar esto, en estas fechas a mí, al menos, me reconforta. Y a mi dragón en el fondo también.

Irene Ortega Guerrero, vocal de Educación para la Ciudadanía, Coordinadora de ONGD-España


Contra la pobreza… vida sencilla

El pasado 24 de noviembre Patricia Gualinga, líder indígena del pueblo originario Kichwa nos daba una lección de vida, profundidad, sentido y resistencia

“Cuando nosotros hablamos de pobreza lo primero que decimos es que hemos sido muy ricos. Hemos tenido un territorio limpio, agua limpia, comida orgánica, no hemos tenido estrés, no estamos a final de mes preocupados de pagar las facturas y mirando como lo resolvemos y al final terminamos infelices. Al contrario podemos disfrutar del Rocío de la mañana, de tener conversaciones amigables, de respirar este aire puro, de comer comida orgánica, pero toda esa riqueza que nosotros hemos tenido, a muchos pueblos les ha sido arrebatada por la pobreza creada por las industrias extractivas, por la pobreza de ideas de querer organizar una sociedad de consumo voraz. Una sociedad que implica que en sus encuestas y en los hechos, a los indígenas nos han puesto en el último escalón de la pobreza.”

#Diálogos2030 de Enlázate por la Justicia – Intervención de Patricicia Gualinga

En este tiempo del año en el que enloquecemos para entregarnos al consumo furibundo, no está de más recordarnos lo que ya sabemos pero que no terminamos de aplicar en nuestra vida de forma decidida y sin tapujos.

Es por eso que queremos, desde estas líneas, traer a nuestra conciencia la autoridad de las experiencias vitales de personas cuya coherencia de vida y trayectoria de lucha sirven de aval para recordarnos lo que jamás debiéramos olvidar: que no hay cambio de mundo si no cambian las personas y que no hay personas sin un mundo más humano. Y ese cambio necesario lo es hacia estilos de vida más sencillos, más sobrios a todos los niveles.

Si bien es claro que la sencillez en los estilos de vida individuales y los cambios locales son imprescindibles porque el cambio pasa por todos y cada uno de nosotros, sin una clara voluntad política global no se resolverá la crisis socioambiental en la que nos hallamos inmersos. Se requiere una austeridad en lo público que prescinda de lo superfluo para poner la solidaridad en el centro y concentrar el gasto en las necesidades reales de la sociedad y las personas. No se trata de esa austeridad que nos imponen para perpetuar un sistema que se devora a sí mismo en su exigencia irrefrenable de crecimiento económico. Para que se llegue a esa voluntad política global, será necesaria la suma de las conciencias individuales, en una conciencia colectiva que exija a las instituciones y elija a las personas que hagan posibles los acuerdos, las decisiones y el cambio. Pero toda transformación: en la sensibilidad personal y social, en las instituciones y sus modos de gestión, en la sociedad civil, en los actores económicos, en la clase política, tendrá en la persona su principio y final.

En esta línea, desde la Campaña SI CUIDAS EL PLANETA, COMBATES LA POBREZA, proponemos «Redescubrir el valor de la simplicidad en la propia vida» como segundo principio del “Decálogo Verde” que propone la alianza ENLAZATE POR LA JUSTICIA promovida por Cáritas, CONFER, Justicia y Paz, Manos Unidas y REDES (Red de Entidades para el Desarrollo Solidario).

Estamos convencidos del valor de la autoridad moral para recordarnos la urgencia de poner en práctica aquello que ya sabemos. El aval de Paty Gualinga es la tradición de sus mayores que con su identidad y espiritualidad se adelantan a lo que los acuerdos científicos e intelectuales han tardado en consensuar. También le avala la lucha de una comunidad de 1200 habitantes que se enfrenta a toda una empresa petrolera, la frena en la Corte Interamericana de Derechos Humanos para decirles que no quieren ese supuesto desarrollo que les ofrecen. Su vida rezuma autoridad, su testimonio cambia corazones. Es esa autoridad la que propone el BUEN VIVIR indígena frente a nuestro “BIENESTAR”. Y es esa autoridad la que pregunta a nuestra publicidad y nuestras luces de neón “¿Quién es el pobre entonces eres tú o soy yo?…¿Quién es feliz, quién está más feliz…?”

Jaime Palacio,

REDES – Red de Entidades para el Desarrollo Solidario – Enlázate por la Justicia.


El virus del voluntariado

Imagínate que estás en tu casa viendo la tele. Fuera llueve como si no hubiera un mañana. Ha llegado el otoño irremediablemente. Tarde de domingo de sillón y pijama. Y de pronto notas algo, nace dentro de ti, no sabes de dónde viene, casi te quema, ¿será fiebre? ¡El primer gripazo del año! Pero el termómetro desmiente tus sospechas. ¿Por qué sientes de pronto un deseo imparable de ayudar a los demás? ¡Perdición! Te ha picado el virus del voluntariado y no hay medicinas para eso. ¿Qué hacer? Puedes esconder la cabeza cual atemorizada avestruz, lo cual no te parece mala opción con la que está cayendo fuera, o puedes dejar que el calorcito siga recorriendo tu cuerpo…

 

Eso es lo que hicieron Valentín, Josefina, Jesús, Paloma, Alberto, Lourdes, Itziar, Rodrigo, Jasule, Amaia… la lista es larga. Más de mil millones de personas en el mundo, afirma Naciones Unidas con optimismo; 3 millones en nuestro país, estima la Plataforma del Voluntariado de España. ¡500 personas! Afirmamos con orgullo en medicusmundi.

 

Contraer el virus es peligroso. Supón que empiezas a cuestionarte las cosas y que te da por pensar que la realidad se puede transformar, que lo que pasa en tu barrio tiene mucho que ver con lo pasa a miles de kilómetros, que merece la pena enterarse mejor de qué va eso de los derechos humanos y luchar por ellos. Dios, qué horror. Con lo feliz que yo estaba…

 

Resulta que hay personas a las que el virus ha enganchado tan fuerte, que se ponen sin pensarlo dos veces a trabajar en su entorno: Luchan por la justicia, por la igualdad, por la dignidad humana… y empiezan a participar en asociaciones cuyo objetivo es conseguir una sociedad mejor, donde quepamos todas las personas, sin hacer distinciones por haber nacido o vivir en una parte u otra del planeta. A otras les da por viajar porque quieren saber mejor qué está pasando en otras partes del mundo y hacer algo para cambiarlo.

 

A ti te ha pillado la cepa viajera del virus, así que te has cogido un avión y has ido a un país remoto del que sólo habías oído hablar hasta ahora en los documentales de la tele cuando conseguías no dormirte. ¡Error! Eso es lo que hizo Itziar, que nos cuenta que en Ruanda ha podido ver sin filtros  “la crudeza de los daños colaterales de este modelo de desarrollo neoliberal que nos están imponiendo”, cuyas consecuencias “tenemos claras en nuestro contexto pero aquí son más crueles y más evidentes”.

 

Y encima no creas que vas a volver con muchas respuestas. Mira, mira lo que nos dice Maite, que también se fue a Ruanda: “Recomendaría a la gente que venga con la mente muy abierta porque se va a llevar una maleta llena de alguna certeza y muchísimas dudas, y eso al final es lo que nos hace pensar y enriquecernos”.

 

¡Vaya! Con lo bien que se está sin pensar y sin cuestionarse las cosas. Pero bueno, quizá tu nuevo yo no esté tan mal, porque Maite añade, “ah, y que no se me olvide: Es importante también pasarlo muy bien y disfrutar”. Esto va mejorando…

 

Decía el poeta Marcos Ana que “hay que aprender a ser felices en la felicidad de los demás y también a compartir sus desgracias y luchar para que desaparezcan”. Ese camino tomó Jasule, una estudiante de Enfermería que el año pasado vio en Perú como el proyecto en el que colaboró servía de verdad para hacer realidad el derecho a la salud; o Alicia, médica recién licenciada, que pudo ver en Guatemala cómo el personal de salud “sacaba energía e ingenio de donde fuese y desempeñaba su labor con gran ilusión” para hacer realidad un modelo de salud, el MIS, que trata de que no haya personas excluidas de la atención sanitaria.

 

En este camino de ida y vuelta, Joaquín se dio cuenta de la suerte que tiene por haber nacido donde ha nacido, Gemma se sintió impresionada por la fuerza y las ganas que le pone a la vida la gente de Ruanda y Roberto se dio cuenta de que la gente que conoció se merece un respeto muy profundo porque viven y trabajan en unas condiciones muy difíciles, y lo hacen con suma sencillez y sin perder la sonrisa. Paloma, otra médica recién licenciada que se pilló el virus (¿te has dado cuenta de lo curioso que es? Parece que el virus pica más a la gente joven…) se encontró en Bolivia con Cecilia, que tuvo que vender su casa en la ciudad para pagar las deudas que contrajo por pagar los servicios médicos del tratamiento de un tumor uterino y hoy vive con lo poco que le queda en el campo. Y Alfonso, también en Bolivia, pudo conocer la historia de Valentín, que le contó entre lágrimas que cuida de sus dos nietos mientras sus padres trabajan en el extranjero, cómo luchó para que pudiesen continuar en la escuela y cómo ha perdido esta batalla, por lo que no han podido finalizar sus estudios básicos. No nos movemos de Bolivia, que también tenemos que escuchar a Alberto y Elena, que están orgullosos de haber participado en la construcción de la SAFCI, “un modelo realmente interesante de democracia participativa, en el que la propia población se implica y decide sobre temas de su propia salud, alejando a las comunidades del individualismo, y del que la sociedad occidental tiene mucho que aprender”.

 

Ya te habrás dado cuenta de que si te encaminas por la senda del voluntariado transformador, habrá momentos para todo. Mira qué bien nos lo explica Edurne antes de volver de Perú: “He pasado miedo, me he divertido, me he reído, me he sorprendido, he echado de menos mi casa, me he enamorado… y por supuesto he aprendido, he experimentado y me he conocido. He sido independiente, he convivido, he compartido, he conocido personas que nunca olvidaré, he conocido otra forma de vida y de entender el mundo, he hecho ofrendas a los Apus y a la Pachamama con apachetas y quintos, he creído, he meditado, he podido ver mis límites y me he conocido fuera de mi entorno. He llegado a conocerme a mí misma, he encontrado mis fortalezas y debilidades”.

Como en aquellos libros que leíamos en nuestra infancia decide tú cómo continúa esta historia.

 

Francisco José Vega. medicusmundi

Cada 5 de diciembre se celebra el Día Internacional del Voluntariado como una forma de reconocer la labor que realizan millones de personas repartidas por todo el mundo para construir una sociedad mejor.

 


Hacia una sociedad inclusiva con las personas con discapacidad

Día Internacional de las Personas con Discapacidad

Emilia Mirea.  Responsable de Incidencia y Comunicación de HelpAge International España

 

“La discapacidad radica en la sociedad, no en la persona”. (ONU)

El 3 de diciembre de 1992 se celebra por primera vez el Día Internacional de las Personas con Discapacidad, un colectivo vulnerable que muchas veces pasa desapercibido en las políticas sociales de los gobiernos y recibe poca atención por parte de la sociedad.

Más de dos décadas han transcurrido desde que este día del año el mundo entero enfoca su atención en las personas con discapacidad; ¿pero es esto suficiente para mejorar la vida de estas personas? ¿Además del deber de las autoridades en ofrecer atención y mejores condiciones de vida a estas personas, desde la sociedad civil estamos realmente entendiendo a las personas con discapacidad y procurando a ayudarles?

Ante todo necesitamos comprender la complejidad y variedad de este colectivo que engloba a mujeres, hombres, niñas y niños con una discapacidad física, sensorial, psicosocial o intelectual. La intersección de una de estas discapacidades con otras barreras debidas al entorno o a la actitud puede impedir la participación plena y activa de las personas con discapacidad en la sociedad en igualdad de condiciones con los demás.

Datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) muestran que aproximadamente 1.000 millones de la población mundial (incluidos niños y niñas y personas mayores) viven con algún tipo de discapacidad, de las cuales aproximadamente 200 millones tienen dificultades considerables en su funcionamiento y dos tercios viven en países en desarrollo. En estas regiones, el 98% de los niños y niñas con discapacidad no asisten a la escuela y la tasa de alfabetización de las personas adultas con discapacidad llega solamente al 3%, y en algunos países se reduce hasta un 1% en el caso de las mujeres con discapacidad. Es precisamente en estos países en vía de desarrollo donde las personas mayores y con discapacidades se ven aún más afectadas como consecuencia de las crisis humanitarias derivadas de los conflictos armados, desastres naturales o falta de atención médica básica.

Las dificultades a las que se enfrentan las personas con discapacidad para conseguir asistencia y protección a lo largo de un desplazamiento, desastre o crisis humanitaria contribuyen al incremento de su vulnerabilidad. Una de las principales consecuencias es la exclusión a la que están sometidas a causa de numerosas barreras físicas y comunicativas, actitudes negativas, así como a la insuficiencia de datos: debido a que las personas con discapacidad permanecen invisibles, se presupone que no están en el lugar y, por lo tanto, no se las incluye en ninguna intervención humanitaria.

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Exumeni, anciana de Haití, con una trabajadora de Helpage. Frederic Dupoux/HelpAge International

 

¿Qué tienen que ver los Objetivos del Desarrollo Sostenible con la discapacidad?

Este año, para celebrar el Día Internacional de las Personas con Discapacidad, la ONU plantea la promoción de los 17 Objetivos del Desarrollo Sostenible, adoptados en 2015, y que prometen un mundo diferente, igualitario e inclusivo con todas las personas de todas las personas, incluyendo a las personas con discapacidad. Algunos de los objetivos más ambiciosos que incluyen a las personas con discapacidad abogan por garantizar una vida sana y promover el bienestar para todos en todas las edades y asegurar una educación inclusiva, equitativa y de calidad, promoviendo oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todos o fomentar el crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, el empleo pleno y productivo y el trabajo decente para todos. Son palabras grandes que ofrecen esperanza y fe para un grupo vulnerable y numeroso como las personas con discapacidad que están luchando a diario para integrarse plenamente en una sociedad cada vez más diversa.

Como sociedad civil deberíamos poner en práctica estos objetivos y tomar concienciar sobre la necesidad de las personas con discapacidad para que lleguen a tener una vida digna y activa a través de la aceptación e inclusión de este colectivo en todas las actividades de la sociedad y garantizar, esta vez sí, que “no se deja a nadie atrás”.

 

 

 

 

 


Ni una muerte más, ni una mujer menos

Mercedes Ruiz-Giménez –  AIETI

En el día internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujeres unimos nuestras voces a las de millones de mujeres y niñas a lo largo del mundo para exigir el derecho a VIVIR y disfrutar de una vida digna y libre de violencias machistas. Gritamos con fuerza y con indignación ¡NI UNA MUERTE MÁS!

La prevención, atención y erradicación de todas las expresiones de violencias contra la mujer es un deber de todos los Estados – tanto en el ámbito local, como en el estatal y en el internacional. Un reto que se enmarca también en la actual Agenda de los ODS 2030.

Urgen políticas públicas, con presupuestos previsibles y suficientes, en cuya construcción participen las mujeres y los movimientos feministas. Conseguir soluciones a las múltiples manifestaciones de las violencias de género pasa por enfoques integrales. Debe garantizarse el fin de los asesinatos en cualquier lugar del mundo –España, Europa, África, Asia o América. Ningún país está libre de esta barbarie contra las mujeres por el mero hecho de ser mujeres.

Juntas somos más fuertes

Hace una semana se celebró en Madrid el “III Seminario Internacional sobre violencias contra las mujeres. Feminicidios en América Latina y Caribe-Unión Europea y Estado Español”. El encuentro reunió a un gran número de mujeres y organizaciones feministas; y personas defensoras de los derechos de las mujeres. Llegaron desde América Latina, Europa y distintas ciudades del Estado Español.

Con nuestro trabajo colectivo queremos fortalecer la articulación entre las redes feministas y de defensa de los derechos de las mujeres para generar propuestas y acciones frente al feminicidio y la discriminación que ponen en riesgo de muerte a las mujeres. En este espacio se dio a conocer la Alianza por una Cooperación Feminista Global[1], que apuesta precisamente por esta línea de trabajo.

Una vez más posicionamos  el Feminicidio como una lacra y un fenómeno creciente que en la mayoría de los países goza de impunidad. El feminicidio es la más brutal expresión de la discriminación de género y el resultado de la prevalencia de la violencia contra las mujeres. El análisis y búsqueda de soluciones para este “fenómeno social” ha sido y es una de las acciones que ha preocupado a las organizaciones feministas y de derechos humanos en los últimos años.

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Feminicidios: la impunidad no puede ser la norma

Centenares de mujeres son asesinadas en América Latina y el Caribe por una sola razón: su género. Los feminicidios han crecido en la región en los últimos años y lo más grave es que 98 por ciento de los casos permanecen impunes. El Informe “Prevenir los Conflictos, Transformar la Justicia, Garantizar la Paz”, (ONU, abril 2016) alerta de la grave situación provocada esa ausencia de justicia.

14 de los 25 países con mayores tasas de feminicidios son de América Latina y el Caribe. Guatemala, El Salvador y Honduras figuran con unos de los índices más altos del planeta y en Argentina, México y Perú también se reportan cifras alarmantes.

Como respuesta, y por la acción permanente de organizaciones de mujeres y feministas, se han desarrollado -sobre todo en América Latina-, acciones de incidencia para generar herramientas normativas que contribuyan  a sancionar y prevenir estos crímenes de género.

El Convenio de Belén do Pará, de 1995, incorporó el derecho a una vida libre de violencia. Fue la primera vez que un documento de tales características incluía esta cuestión. En el marco de este Convenio, 15 países[2] de América Latina ya han introducido el feminicidio como tipificación o agravante. A pesar de los pasos dados, aún hay muchos retos por delante. Queda pendiente crear bases de datos que permitan elaborar estadísticas de violencia contra las mujeres; garantizar el acceso a la justicia; asegurar recursos para la implementación de medidas –incluida la prevención. Queda pendiente también garantizar que las organizaciones de la sociedad civil participan en el sistema; esta es una de las lecciones que hemos aprendido en el camino.

¿Qué ocurre en España?

En España no está tipificado el feminicidio. Entre los vacíos normativos que presenta la Ley vigente (Ley Orgánica 1/2004 Medidas de Protección Integral contra la violencia de Género), se encuentra el hecho de no se registrar  asesinatos de mujeres fuera de la relación de pareja o ex – pareja.

El número de asesinatos de mujeres ha a aumentado en España. Además, los recortes en prevención, atención y justicia especializada en violencia de género han debilitado la protección de las mujeres. Esta situación ha provocado numerosas movilizaciones de las organizaciones feministas; la más multitudinaria se celebró en 2015. En todas ellas se ha reivindicado ante todo que la violencia contra las mujeres sea asumida como un asunto de Estado.

El último tratado aprobado en esta materia es el Convenio de Estambul. Ratificado en 2011, España está obligada a adoptar su normativa que, entre otras cosas, llama a ampliar la ley a todas las formas de violencia contra las mujeres. Recientemente, el 14 de septiembre, se aprobó una comisión en el Congreso para modificar los aspectos de la Ley que no se adaptan al Convenio. Las organizaciones feministas estaremos atentas a este proceso.

En los próximos días nuestras calles se llenarán de movilizaciones sociales contra la violencia de género. Nos sumaremos a las que se han producido en Argentina (2015), Brasil y Perú (2016) bajo el lema ¡Ni una menos!

Y seguiremos gritándolo por toda América Latina, España, Europa…

 

[1] A inicios de 2014 organizaciones diversas de cooperación decidimos crear esta alianza para fortalecer nuestro carácter feminista y nuestra apuesta por incorporar la perspectiva de género de manera transformadora en nuestros procesos de cooperación internacional y de educación, tanto en nuestra realidad más cercana como en otros continentes. La Alianza por una Cooperación Feminista Global la componemos: AIETI, CEIM, Cooperacció, Entrepueblos y Mugarik Gabe.

[2] Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Perú y República Dominicana. Argentina y Venezuela establecen el homicidio agravado por razones de género en su legislación