Una organización a la altura de sus voluntari@s

En una cultura acostumbrada a valorar el retorno de las inversiones y los esfuerzos, el comportamiento altruista no se sustrae a este ejercicio, por contradictorio que pueda parecer. Y ese análisis puede llevarse a cabo desde la perspectiva de las personas y la de las organizaciones que acogen voluntariado.

Las razones por las que los individuos deciden iniciar una actividad voluntaria pueden ser de muy distinta naturaleza, desde las más instrumentales y relacionales -necesidad de ocupar el tiempo, de relacionarse o incluso de adquirir formación y experiencia en un campo en el que poder desarrollar una futura actividad profesional- hasta las más trascendentes y transformadoras, relacionadas con la solidaridad, la responsabilidad colectiva y la aspiración a contribuir a la construcción de una sociedad más equitativa y mejor. Muchas veces la motivación principal es afectiva: el voluntario está vinculado y/o especialmente sensibilizado por el tema, por razón de sus circunstancias personales, familiares o profesionales. Con seguridad, en cada decisión individual, intervienen múltiples motivaciones, más o menos conscientes y más o menos explícitas en el momento de vincularse a una organización y a una causa.

Dado el primer paso, en la vinculación efectiva a largo plazo, es crítica la motivación en términos de saldo emocional, que se relaciona con lo que el voluntariado aporta, en relación con aspectos más íntimos y esenciales del individuo y mucho menos con los aspectos operativos o del contenido concreto de la actividad voluntaria.

El voluntariado refuerza la autoestima, no solo por el hecho de facilitar que el individuo se sienta útil, sino también porque se convierte en una oportunidad de realizar acciones en sintonía con los valores personales y de conseguir cosas positivas.

Es un elemento de identidad, convirtiéndose en un elemento importante y relevante de la descripción de uno mismo, al mismo nivel que términos como el género, el lugar de nacimiento, la edad o la profesión.

Puede tener beneficios en la salud y produce un mayor nivel de felicidad o satisfacción, puesto que los individuos valoran muy positivamente que la participación les permita dejar un mundo mejor a las generaciones venideras. Dicho de otro modo, el voluntariado además de ser bueno para el espíritu, también lo es para el corazón.

Del mismo modo, en el plano organizativo, es posible diferenciar las contribuciones más inmediatas o instrumentales de las que se asocian a la identidad, la credibilidad y la capacidad de transformación de la organización en la que voluntario colabora. La actividad que, cada día, realizan miles de voluntarios influye directamente en el aumento del impacto de sus acciones y en la calidad de sus procesos y resultados, que se enriquecen de la diversidad de capacidades, experiencias y puntos de vista.  Adicionalmente, el voluntariado aporta credibilidad a las organizaciones y refuerza los procesos de rendición de cuentas, al tratarse de personas que colaboran de manera desinteresada y al margen de compromisos laborales.

Solo por esto, el día 5 de diciembre, Día Internacional del Voluntariado, las organizaciones de voluntariado tenemos mucho que celebrar y reconocer y agradecer.

Pero la capacidad de colaborar en una sociedad mejor y más justa no se agota en lo que el voluntario hace, en el marco de su actividad concreta, aunque empieza justamente ahí. La implicación en las actividades y las experiencias personales vividas, conduce a una profunda sensibilización del propio voluntario que además se convierte, casi de manera inconsciente, en un agente de cambio capaz de trasmitir valores y concienciar a sus diferentes círculos de influencia, a través de sus comportamientos o ideas. Es un proceso lento, reticular, pero imparable.

Al tiempo que descubre una vía privilegiada para potenciar los resultados de sensibilización e incidencia de las organizaciones sociales, esta dimensión transformadora del voluntariado implica una mayor responsabilidad en sus dinámicas de promoción de voluntariado, que enfaticen los elementos de formación, comunicación y sensibilización de su propia comunidad de voluntarios. Implica revisar los valores de la relación con la persona voluntaria y apostar por un voluntariado empoderado, crítico y con capacidad de influencia en los procesos en los que participa.  En definitiva, una organización a la altura de sus voluntarios y del valor de su contribución social.

Itziar Rosado, Coordinadora de Base Social y Ciudadanía de ONGAWA

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