2015: ¿el año que todo cambió? #AED2015 #Action2015

Artículo de Jose Manuel Gómez
Responsable de Comunicación Externa de ONGAWA

Si en un barco se estropea un motor mientras cruza el océano, seguramente la mayoría de los viajeros confíe en que la tripulación lo resuelva, y espere noticias. Sin embargo, si en un momento del viaje se hace evidente que el destino del viaje no es el previsto y que los oficiales al mando encaminan el barco hacia una travesía incierta y peligrosa, es probable que los ánimos se agiten, se pidan explicaciones y, por qué no, que un motín recupere el control del timón.

Cuando se habla de cambio climático, la conversación suele pasar del comentario alarmado sobre sus efectos a la confianza en que alguien en alguna parte debe estar encargándose de solucionarlo. Por un lado, el problema es demasiado grave para ignorarlo; por otro, demasiado enorme para plantearnos un papel en la obra. El sistema tiene fallos, pero cuando la cosa se pone seria se activan los mecanismos necesarios, se aprietan los botones adecuados. Sin embargo, no parece que esta lógica esté funcionando con el cambio climático. Como dijo Anjali Appadurai, una joven estudiante india, a los líderes mundiales reunidos en Durban en 2011: llevan negociando desde que nací. 

Lo malo del cambio climático es que está resultando ser el tipo de problema que exige un cambio demasiado radical en el funcionamiento del sistema. El capitalismo tal y como lo entendemos se lleva mal con cualquier apellido verde, y no sólo por el secreto a voces de su dependencia histórica de los hidrocarburos: el cambio climático señala directamente la cuestión de los límites físicos del planeta y su relación con dinámicas basadas en el crecimiento sin fin, y exige respuestas que – todo parece indicar – superan la capacidad de unas instituciones globales mal apuntaladas a base de intereses nacionales y mercados.

Si el cambio climático es el síntoma más grave de un modelo económico insostenible, difícilmente podemos esperar que su solución sea compatible con que todo siga más o menos como hasta ahora. Esto lo cambia todo: ajustar a los límites del sistema nuestra forma de producir, consumir, viajar o vestir no es poca cosa, y sea lo que sea la ciudadanía global su sentido se juega en ese terreno. La buena noticia es que la transición hacia la sostenibilidad también puede abrir espacios de autonomía y control sobre aspectos tan importantes en nuestras vidas como el abastecimiento energético o la alimentación. Si el problema es el rumbo del barco y el riesgo es el naufragio, puede que no todo deba dejarse en manos de los oficiales…

Y el tiempo pasa, como recordaba Anjali Appadurai, y las emisiones continúan: desde que comenzaron las negociaciones sobre el asunto, las emisiones globales de dióxido de carbono han aumentado en torno a un 60%, y la mayoría los expertos – de instituciones tan poco sospechosas de ecologismo como el Banco Mundial, La Agencia Internacional de la Energía o PriceWaterhouse – están de acuerdo en que la inercia nos lleva a un aumento de temperatura de consecuencias gravísimas e impredecibles. Según estas previsiones, mantener el aumento de temperatura global por debajo de los 2º exigiría dejar bajo tierra un alto porcentaje de las reservas actuales de hidrocarburos, y eso exige una transformación enorme del modelo económico actual. El mismo Papa acaba de activar algunas alarmas al alinearse – en una encíclica que parece susurrada al oído por Leonardo Boff – con postulados clásicos de la Ecología Social como la raíz ética y política de la crisis ecológica, la pobreza y el hambre.

El escenario climático hacia el que avanzamos tiene mala pinta, pero no igual de mala para todos. Las imágenes de cada huracán o inundación nos recuerdan la brutal diferencia de su impacto en función de si tienen lugar en un punto u otro del globo. Para medir la vulnerabilidad de los pobres no sólo sirven las inundaciones en el Sudeste Asiático: el reciente huracán de New York hizo dramática la desigualdad entre las zonas residenciales y los barrios negros.

No está claro que el cambio climático vaya a ser una catástrofe apocalíptica, lo que sí es seguro es que va camino de ser una enorme injusticia. La lista de impactos sobre la salud, la alimentación o los ingresos de las personas más vulnerables del planeta es larga y profunda: el cambio climático es la principal amenaza para acabar con la pobreza y el hambre y lograr un desarrollo sostenible y justo. La posición de cada persona en el mundo puede medirse ya en función de su mayor o menor vulnerabilidad a los impactos del cambio climático: mientras madura un nuevo mercado de coberturas de riesgos agrícolas, cientos de millones de familias africanas se enfrentan de nuevo a la sequía y al hambre.

Se ha  repetido tantas veces que estábamos ante un momento clave para girar hacia una senda de sostenibilidad, que cuesta reconocer la oportunidad cuando se presenta de nuevo. En septiembre la Asamblea de Naciones Unidas aprobará los nuevos Objetivos de Desarrollo  Sostenible, que sustituirán a los Objetivos del Milenio y deberán marcar la Agenda Internacional durante los próximos años. La sostenibilidad está en el corazón de esta nueva agenda, y la propuesta incluye objetivos como garantizar pautas sostenibles de producción y consumo, además de uno específico de lucha contra el cambio climático.

En diciembre están citados en París gobiernos y líderes mundiales en la 21 Conferencia de las partes (COP 21): su reto es establecer un nuevo acuerdo global para luchar contra el cambio climático, que incluya a los países emergentes y establezca compromisos compartidos de reducción de emisiones, así como mecanismos para compensar los daños y afrontar los riesgos en las zonas más vulnerables del planeta. Como casi siempre, la profundidad de los discursos se medirá en miles de millones de dólares, y para valorar los compromisos habrá que esperar a que se cumplan.

La importancia de lo que está en juego exige a la ciudadanía algo más que esperar noticias frente  a la pantalla. La sociedad civil se ha puesto en movimiento para presionar y vigilar a quienes deciden: Accion2015 es una coalición de más de 1.500 organizaciones de todo el mundo que han sumado sus fuerzas para que la de 2015 no sea la enésima oportunidad perdida para acabar con la insostenibilidad, la pobreza y la desigualdad. En España, la Alianza por el Clima reúne a más de 400 organizaciones españolas para exigir una acción política clara urgente, y transformadora.  No nos despistemos. Sumemos fuerzas. Cambiemos el barco.

Jose Manuel Gómez
Responsable de Comunicación Externa de ONGAWA

Acerca de pobrezacero

Pobreza Cero es un movimiento estatal, organizada por la Coordinadora de ONG para el Desarrollo. Pretende implicar a todos los sectores de la sociedad civil en la lucha contra la pobreza de una forma urgente, definitiva y eficaz. Ver todas las entradas de pobrezacero

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