Archivo mensual: diciembre 2016

Qué hacer con tu dragón en Navidad

Tengo un dragón. Ya me gustaría a mí que fuera como Desdentado, el furia nocturna de “Cómo entrenar a tu dragón”, capaz de  transformar el miedo en encuentro y cooperación. O como  los de Daenerys Targaryen, tan prácticos para tomar conciencia de la identidad y el poder de una misma.

Pues no, mi dragón es más bien pequeñajo y casi siempre  inofensivo, pero a veces, como  todos los dragones,  anhela un tesoro. No uno como el que custodia el terrible Smaug,  el dragón de El Hobbit, que fue construido con el esfuerzo de los enanos (y enanas, supongo) a quienes Smaug expolió y expulsó de su reino bajo la montaña. El tesoro que anhela mi dragón es más bien  pequeño burgués: una vida cómoda e idílica, tipo comedia romántica, con sus buenas dosis de amor, amistad, espiritualidad, solidaridad y “buenrollismo” en general.

Comprenderéis que, en Navidad, mi pobre dragón se descontrole.  Tanta sonrisa, tanta lucecita, tanta magia por todas partes. Y todo se puede se puede comprar, oye, todo se anuncia, todo se vende, todo está a nuestro alcance con una sencilla transacción económica,   incluso  la solidaridad. Yo entiendo a mi dragón: la realidad es dura, quién no necesita unos días  de tregua, unos días para creer que las cosas son  simples,  fáciles y bonitas sin más.

Pero la realidad también es terca e insiste en colarse por las rendijas causándole un tremendo  desasosiego  a mi dragón. Se cuela, por ejemplo, cuando nos encontramos con María en la puerta del súper y nos cuenta que le han cortado la luz, y que no sabe qué va a hacer dos semanas sin comedor escolar, ni qué Navidad va a poder darles  a Sofía y a Iván, sus hijos de cinco y nueve años.  Se cuela cuando la musiquilla  prenavideña se interrumpe bruscamente por un terrible atentado que siembra el miedo, cuyo olor conjura a los fantasmas xenófobos de la vieja Europa; se cuela cuando rescatar personas en el Mediterráneo  convierte “a los buenos” en sospechosos y también cuando,  por más que mi pobre dragón compre artesanía solidaria, felicitaciones navideñas solidarias, juguetes solidarios y cualquier cantidad de solidaridad envuelta en lazos,  el 1% más rico del mundo continua acumulando  tanta riqueza como el 99% restante .

No hay buen rollo navideño que pueda con esto. Yo intento reconfortar a mi dragón recordándole que la Navidad poco tiene que ver  con la solidaridad indolora y empaquetada. Porque,  aunque  no lo parezca,  conmemora el nacimiento de un niño pobre, de un nadie cuya familia tuvo que abandonar dos veces su hogar, con él a cuestas,  a causa del poder opresor; un nadie para quien no hubo lugar en la ciudad y a quien solo las bestias y las gentes marginadas y del “mal vivir” dieron cobijo y calor con lo poco que tenían. Pero también un nadie por quien tres sabios dejaron sus lejanas casas y  cruzaron mares y desiertos siguiendo una estrella que  anunciaba algo tan  grande y tan bueno que bien valía  la incertidumbre y la incomodidad del camino.

La solidaridad es más  un camino incómodo e incierto, pero esperanzado, que un producto de consumo fácil que nos consuela momentáneamente dejándonos un vacío después.  Y la vida es más un drama épico que una comedia romántica. Recordar esto, en estas fechas a mí, al menos, me reconforta. Y a mi dragón en el fondo también.

Irene Ortega Guerrero, vocal de Educación para la Ciudadanía, Coordinadora de ONGD-España


Contra la pobreza… vida sencilla

El pasado 24 de noviembre Patricia Gualinga, líder indígena del pueblo originario Kichwa nos daba una lección de vida, profundidad, sentido y resistencia

“Cuando nosotros hablamos de pobreza lo primero que decimos es que hemos sido muy ricos. Hemos tenido un territorio limpio, agua limpia, comida orgánica, no hemos tenido estrés, no estamos a final de mes preocupados de pagar las facturas y mirando como lo resolvemos y al final terminamos infelices. Al contrario podemos disfrutar del Rocío de la mañana, de tener conversaciones amigables, de respirar este aire puro, de comer comida orgánica, pero toda esa riqueza que nosotros hemos tenido, a muchos pueblos les ha sido arrebatada por la pobreza creada por las industrias extractivas, por la pobreza de ideas de querer organizar una sociedad de consumo voraz. Una sociedad que implica que en sus encuestas y en los hechos, a los indígenas nos han puesto en el último escalón de la pobreza.”

#Diálogos2030 de Enlázate por la Justicia – Intervención de Patricicia Gualinga

En este tiempo del año en el que enloquecemos para entregarnos al consumo furibundo, no está de más recordarnos lo que ya sabemos pero que no terminamos de aplicar en nuestra vida de forma decidida y sin tapujos.

Es por eso que queremos, desde estas líneas, traer a nuestra conciencia la autoridad de las experiencias vitales de personas cuya coherencia de vida y trayectoria de lucha sirven de aval para recordarnos lo que jamás debiéramos olvidar: que no hay cambio de mundo si no cambian las personas y que no hay personas sin un mundo más humano. Y ese cambio necesario lo es hacia estilos de vida más sencillos, más sobrios a todos los niveles.

Si bien es claro que la sencillez en los estilos de vida individuales y los cambios locales son imprescindibles porque el cambio pasa por todos y cada uno de nosotros, sin una clara voluntad política global no se resolverá la crisis socioambiental en la que nos hallamos inmersos. Se requiere una austeridad en lo público que prescinda de lo superfluo para poner la solidaridad en el centro y concentrar el gasto en las necesidades reales de la sociedad y las personas. No se trata de esa austeridad que nos imponen para perpetuar un sistema que se devora a sí mismo en su exigencia irrefrenable de crecimiento económico. Para que se llegue a esa voluntad política global, será necesaria la suma de las conciencias individuales, en una conciencia colectiva que exija a las instituciones y elija a las personas que hagan posibles los acuerdos, las decisiones y el cambio. Pero toda transformación: en la sensibilidad personal y social, en las instituciones y sus modos de gestión, en la sociedad civil, en los actores económicos, en la clase política, tendrá en la persona su principio y final.

En esta línea, desde la Campaña SI CUIDAS EL PLANETA, COMBATES LA POBREZA, proponemos «Redescubrir el valor de la simplicidad en la propia vida» como segundo principio del “Decálogo Verde” que propone la alianza ENLAZATE POR LA JUSTICIA promovida por Cáritas, CONFER, Justicia y Paz, Manos Unidas y REDES (Red de Entidades para el Desarrollo Solidario).

Estamos convencidos del valor de la autoridad moral para recordarnos la urgencia de poner en práctica aquello que ya sabemos. El aval de Paty Gualinga es la tradición de sus mayores que con su identidad y espiritualidad se adelantan a lo que los acuerdos científicos e intelectuales han tardado en consensuar. También le avala la lucha de una comunidad de 1200 habitantes que se enfrenta a toda una empresa petrolera, la frena en la Corte Interamericana de Derechos Humanos para decirles que no quieren ese supuesto desarrollo que les ofrecen. Su vida rezuma autoridad, su testimonio cambia corazones. Es esa autoridad la que propone el BUEN VIVIR indígena frente a nuestro “BIENESTAR”. Y es esa autoridad la que pregunta a nuestra publicidad y nuestras luces de neón “¿Quién es el pobre entonces eres tú o soy yo?…¿Quién es feliz, quién está más feliz…?”

Jaime Palacio,

REDES – Red de Entidades para el Desarrollo Solidario – Enlázate por la Justicia.


El virus del voluntariado

Imagínate que estás en tu casa viendo la tele. Fuera llueve como si no hubiera un mañana. Ha llegado el otoño irremediablemente. Tarde de domingo de sillón y pijama. Y de pronto notas algo, nace dentro de ti, no sabes de dónde viene, casi te quema, ¿será fiebre? ¡El primer gripazo del año! Pero el termómetro desmiente tus sospechas. ¿Por qué sientes de pronto un deseo imparable de ayudar a los demás? ¡Perdición! Te ha picado el virus del voluntariado y no hay medicinas para eso. ¿Qué hacer? Puedes esconder la cabeza cual atemorizada avestruz, lo cual no te parece mala opción con la que está cayendo fuera, o puedes dejar que el calorcito siga recorriendo tu cuerpo…

 

Eso es lo que hicieron Valentín, Josefina, Jesús, Paloma, Alberto, Lourdes, Itziar, Rodrigo, Jasule, Amaia… la lista es larga. Más de mil millones de personas en el mundo, afirma Naciones Unidas con optimismo; 3 millones en nuestro país, estima la Plataforma del Voluntariado de España. ¡500 personas! Afirmamos con orgullo en medicusmundi.

 

Contraer el virus es peligroso. Supón que empiezas a cuestionarte las cosas y que te da por pensar que la realidad se puede transformar, que lo que pasa en tu barrio tiene mucho que ver con lo pasa a miles de kilómetros, que merece la pena enterarse mejor de qué va eso de los derechos humanos y luchar por ellos. Dios, qué horror. Con lo feliz que yo estaba…

 

Resulta que hay personas a las que el virus ha enganchado tan fuerte, que se ponen sin pensarlo dos veces a trabajar en su entorno: Luchan por la justicia, por la igualdad, por la dignidad humana… y empiezan a participar en asociaciones cuyo objetivo es conseguir una sociedad mejor, donde quepamos todas las personas, sin hacer distinciones por haber nacido o vivir en una parte u otra del planeta. A otras les da por viajar porque quieren saber mejor qué está pasando en otras partes del mundo y hacer algo para cambiarlo.

 

A ti te ha pillado la cepa viajera del virus, así que te has cogido un avión y has ido a un país remoto del que sólo habías oído hablar hasta ahora en los documentales de la tele cuando conseguías no dormirte. ¡Error! Eso es lo que hizo Itziar, que nos cuenta que en Ruanda ha podido ver sin filtros  “la crudeza de los daños colaterales de este modelo de desarrollo neoliberal que nos están imponiendo”, cuyas consecuencias “tenemos claras en nuestro contexto pero aquí son más crueles y más evidentes”.

 

Y encima no creas que vas a volver con muchas respuestas. Mira, mira lo que nos dice Maite, que también se fue a Ruanda: “Recomendaría a la gente que venga con la mente muy abierta porque se va a llevar una maleta llena de alguna certeza y muchísimas dudas, y eso al final es lo que nos hace pensar y enriquecernos”.

 

¡Vaya! Con lo bien que se está sin pensar y sin cuestionarse las cosas. Pero bueno, quizá tu nuevo yo no esté tan mal, porque Maite añade, “ah, y que no se me olvide: Es importante también pasarlo muy bien y disfrutar”. Esto va mejorando…

 

Decía el poeta Marcos Ana que “hay que aprender a ser felices en la felicidad de los demás y también a compartir sus desgracias y luchar para que desaparezcan”. Ese camino tomó Jasule, una estudiante de Enfermería que el año pasado vio en Perú como el proyecto en el que colaboró servía de verdad para hacer realidad el derecho a la salud; o Alicia, médica recién licenciada, que pudo ver en Guatemala cómo el personal de salud “sacaba energía e ingenio de donde fuese y desempeñaba su labor con gran ilusión” para hacer realidad un modelo de salud, el MIS, que trata de que no haya personas excluidas de la atención sanitaria.

 

En este camino de ida y vuelta, Joaquín se dio cuenta de la suerte que tiene por haber nacido donde ha nacido, Gemma se sintió impresionada por la fuerza y las ganas que le pone a la vida la gente de Ruanda y Roberto se dio cuenta de que la gente que conoció se merece un respeto muy profundo porque viven y trabajan en unas condiciones muy difíciles, y lo hacen con suma sencillez y sin perder la sonrisa. Paloma, otra médica recién licenciada que se pilló el virus (¿te has dado cuenta de lo curioso que es? Parece que el virus pica más a la gente joven…) se encontró en Bolivia con Cecilia, que tuvo que vender su casa en la ciudad para pagar las deudas que contrajo por pagar los servicios médicos del tratamiento de un tumor uterino y hoy vive con lo poco que le queda en el campo. Y Alfonso, también en Bolivia, pudo conocer la historia de Valentín, que le contó entre lágrimas que cuida de sus dos nietos mientras sus padres trabajan en el extranjero, cómo luchó para que pudiesen continuar en la escuela y cómo ha perdido esta batalla, por lo que no han podido finalizar sus estudios básicos. No nos movemos de Bolivia, que también tenemos que escuchar a Alberto y Elena, que están orgullosos de haber participado en la construcción de la SAFCI, “un modelo realmente interesante de democracia participativa, en el que la propia población se implica y decide sobre temas de su propia salud, alejando a las comunidades del individualismo, y del que la sociedad occidental tiene mucho que aprender”.

 

Ya te habrás dado cuenta de que si te encaminas por la senda del voluntariado transformador, habrá momentos para todo. Mira qué bien nos lo explica Edurne antes de volver de Perú: “He pasado miedo, me he divertido, me he reído, me he sorprendido, he echado de menos mi casa, me he enamorado… y por supuesto he aprendido, he experimentado y me he conocido. He sido independiente, he convivido, he compartido, he conocido personas que nunca olvidaré, he conocido otra forma de vida y de entender el mundo, he hecho ofrendas a los Apus y a la Pachamama con apachetas y quintos, he creído, he meditado, he podido ver mis límites y me he conocido fuera de mi entorno. He llegado a conocerme a mí misma, he encontrado mis fortalezas y debilidades”.

Como en aquellos libros que leíamos en nuestra infancia decide tú cómo continúa esta historia.

 

Francisco José Vega. medicusmundi

Cada 5 de diciembre se celebra el Día Internacional del Voluntariado como una forma de reconocer la labor que realizan millones de personas repartidas por todo el mundo para construir una sociedad mejor.

 


Hacia una sociedad inclusiva con las personas con discapacidad

Día Internacional de las Personas con Discapacidad

Emilia Mirea.  Responsable de Incidencia y Comunicación de HelpAge International España

 

“La discapacidad radica en la sociedad, no en la persona”. (ONU)

El 3 de diciembre de 1992 se celebra por primera vez el Día Internacional de las Personas con Discapacidad, un colectivo vulnerable que muchas veces pasa desapercibido en las políticas sociales de los gobiernos y recibe poca atención por parte de la sociedad.

Más de dos décadas han transcurrido desde que este día del año el mundo entero enfoca su atención en las personas con discapacidad; ¿pero es esto suficiente para mejorar la vida de estas personas? ¿Además del deber de las autoridades en ofrecer atención y mejores condiciones de vida a estas personas, desde la sociedad civil estamos realmente entendiendo a las personas con discapacidad y procurando a ayudarles?

Ante todo necesitamos comprender la complejidad y variedad de este colectivo que engloba a mujeres, hombres, niñas y niños con una discapacidad física, sensorial, psicosocial o intelectual. La intersección de una de estas discapacidades con otras barreras debidas al entorno o a la actitud puede impedir la participación plena y activa de las personas con discapacidad en la sociedad en igualdad de condiciones con los demás.

Datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) muestran que aproximadamente 1.000 millones de la población mundial (incluidos niños y niñas y personas mayores) viven con algún tipo de discapacidad, de las cuales aproximadamente 200 millones tienen dificultades considerables en su funcionamiento y dos tercios viven en países en desarrollo. En estas regiones, el 98% de los niños y niñas con discapacidad no asisten a la escuela y la tasa de alfabetización de las personas adultas con discapacidad llega solamente al 3%, y en algunos países se reduce hasta un 1% en el caso de las mujeres con discapacidad. Es precisamente en estos países en vía de desarrollo donde las personas mayores y con discapacidades se ven aún más afectadas como consecuencia de las crisis humanitarias derivadas de los conflictos armados, desastres naturales o falta de atención médica básica.

Las dificultades a las que se enfrentan las personas con discapacidad para conseguir asistencia y protección a lo largo de un desplazamiento, desastre o crisis humanitaria contribuyen al incremento de su vulnerabilidad. Una de las principales consecuencias es la exclusión a la que están sometidas a causa de numerosas barreras físicas y comunicativas, actitudes negativas, así como a la insuficiencia de datos: debido a que las personas con discapacidad permanecen invisibles, se presupone que no están en el lugar y, por lo tanto, no se las incluye en ninguna intervención humanitaria.

helpage

Exumeni, anciana de Haití, con una trabajadora de Helpage. Frederic Dupoux/HelpAge International

 

¿Qué tienen que ver los Objetivos del Desarrollo Sostenible con la discapacidad?

Este año, para celebrar el Día Internacional de las Personas con Discapacidad, la ONU plantea la promoción de los 17 Objetivos del Desarrollo Sostenible, adoptados en 2015, y que prometen un mundo diferente, igualitario e inclusivo con todas las personas de todas las personas, incluyendo a las personas con discapacidad. Algunos de los objetivos más ambiciosos que incluyen a las personas con discapacidad abogan por garantizar una vida sana y promover el bienestar para todos en todas las edades y asegurar una educación inclusiva, equitativa y de calidad, promoviendo oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todos o fomentar el crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, el empleo pleno y productivo y el trabajo decente para todos. Son palabras grandes que ofrecen esperanza y fe para un grupo vulnerable y numeroso como las personas con discapacidad que están luchando a diario para integrarse plenamente en una sociedad cada vez más diversa.

Como sociedad civil deberíamos poner en práctica estos objetivos y tomar concienciar sobre la necesidad de las personas con discapacidad para que lleguen a tener una vida digna y activa a través de la aceptación e inclusión de este colectivo en todas las actividades de la sociedad y garantizar, esta vez sí, que “no se deja a nadie atrás”.