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2015: un año clave para las mujeres #action2015

En Jordania, una niña siria de 13 años es casada contra su voluntad con un hombre 10 años mayor para aliviar la situación económica de su familia. En Irlanda una mujer muere porque la legislación no le permite interrumpir un embarazo de riesgo. En Bolivia, una indígena camina durante horas para llegar a la clínica más cercana para dar a luz. Y en Camerún, una madre con cinco hijos quiere evitar otro embarazo, pero no tiene acceso a anticonceptivos.  Cuatro historias y cuatro mujeres que representan en carne y hueso el enorme desafío que supone aún garantizar incluso los derechos más básicos de las mujeres.

Claro que sería falso decir que no hemos avanzado. A veces pienso en mi abuela. Aquella mujer de la Suecia profunda que nació unos años antes de que las mujeres de su país consiguieran el derecho al voto y murió poco después de la histórica conferencia sobre la Mujer en Beijing. Ella vivió una verdadera revolución. Un cambio profundo en la familia, en la sociedad y en el mundo. Las mujeres ganaron el derecho al voto. Tomaron las calles para exigir acceso al mercado laboral en igualdad de condiciones. Exigieron y conquistaron el derecho a decidir sobre sus propios cuerpos. Y empezaron a desafiar hasta el propio concepto de ser mujer, aquella categoría que para algunas se había convertido ya en camisa de fuerza.

Las cifras cuentan la misma historia. A nivel mundial, sólo en las últimas décadas más de 500 millones de mujeres se han incorporado a la fuerza de trabajo, se ha reducido la mortalidad materna casi a la mitad y las mujeres han logrado la paridad en la educación primaria en la gran mayoría de los países. Claro que sería falso decir que no hemos avanzado.

Pero sería igual de falso decir que estos avances son suficientes. Seguimos viviendo en un mundo en el que más de 60 millones de niñas están casadas. En el que 47.000 mujeres al año pierden la vida debido a abortos inseguros, la inmensa mayoría en países en los que el acceso a abortos legales está restringido por ley. En el que 800 mujeres siguen muriendo cada día por causas prevenibles durante el embarazo y el parto y 220 millones de mujeres carecen de acceso a métodos anticonceptivos a pesar de querer evitar el embarazo. Si seguimos avanzando al mismo ritmo que ahora, las mujeres lograrán la igualdad en el año 2095, según el último informe del Foro Económico Mundial. Y eso, si sólo entendemos la igualdad en términos económicos.

No podemos permitirnos ese lujo. El feminismo no es, ni debe ser, el arte de la paciencia. Es el arte de cambiar el mundo. Y hoy, 8 de marzo, es el día de inaugurar la gran exposición que lo ponga en el escaparate mundial.

Este año, tenemos dos oportunidades que no pueden pasarse por alto. Por un lado, los países miembros de la ONU están en plena discusión de lo que podrían ser las negociaciones más importantes de la historia para los derechos de las mujeres: la adopción de los Objetivo de Desarrollo Sostenible, cuya cumbre tendrá lugar en septiembre. Por otro, en noviembre, se celebra la Cumbre contra el Cambio Climático. Son dos ocasiones que deben servir para pisar el acelerador. Lo que allí se decida afectará muy especialmente a mujeres y a las niñas que no pueden esperar otro siglo, que tienen su futuro marcado por la capacidad que tengan nuestros líderes de comprometerse con ellas.

Así lo entienden más de 1.300 organizaciones sociales de 133 países, que nos hemos unido en torno a la plataforma ACTION 2015. Nos hemos organizado porque estamos convencidas de que es imprescindible que en esas dos grandes citas se pongan sobre la mesa compromisos firmes para transformar el mundo.

No puede haber desarrollo real mientras no haya igualdad real; mientras existan leyes que discriminan a la mitad de la población mundial; mientras no se asuma un compromiso global de “tolerancia cero” a la violencia de género; mientras el aborto siga estando penalizado y restringido por las leyes; mientras no se prohíba globalmente el matrimonio de menores; o mientras siga habiendo un solo caso de ablación del clítoris.

Mi abuela, en Suecia, vivió una revolución lenta pero fundamental. Ahora ese país es ejemplo de grandes avances por sus políticas sociales, aunque también con pendientes importantes en materia de igualdad. El reto es  lograr que todas las mujeres y niñas del mundo alcancen la justicia y el pleno ejercicio de sus derechos. 2015 es una oportunidad para ello. No la desaprovechemos.

Sandra Johansson, Responsable del área de Derechos de las Mujeres de Alianza por la Solidaridad


Existen alternativas, otra riqueza es posible (y mejor) #EstoSíEsRiqueza

Hoy escribe de Carlos Escaño, Alianza por la Solidaridad 

Reivindicamos el derecho a construir un mundo mejor, y para ello qué mejor que empezar por nosotras mismas. Y lo hacemos desde la alegría de saber que sí se puede lograr, juntándonos y poniéndolo en práctica, disfrutando de la democracia como un derecho a la participación y un compromiso por la equidad, la libertad, la solidaridad y limages4a cooperación entre los pueblos. ¡No es poco!

Y es que frente al miedo que paraliza, frente el desánimo que lleva a la inmovilidad, frente a aquel cuento que nos decía que la historia nos viene dada y que no se puede hacer nada, hoy tan solo un férreo vendaje puede impedir que veamos los logros de la movilización ciudadana. Podemos verlo estos días con el éxito de cientos de movilizaciones en todo el mundo, también en España, frente a políticas que atentan contra los Derechos Humanos.

Una vez tomada la decisión de que intervenir en la política es posible y necesario para la salud democrática de un pueblo, en ocasiones nos abruma contemplar que este mundo, hermoso e inmenso como él solo, está cargado de interdependencias a nivel global, y que con frecuencia éstas provocan profundas desigualdades entre y dentro de los Estados. Nuestro mundo hoy en día es global, y por tanto nuestro compromiso debe ser de tal envergadura. Muy bien, gracias. ¿Y qué puede hacer un individuo frente a tamaña complejidad? Tenemos ejemplos muy recientes para ver que sí hay soluciones.ES_post-pcm-blast15126011977_4d6bfe8d04_z

El pasado 21 de septiembre tuvo lugar la movilización contra el cambio climático más grande de la historia. La Movilización Climática de los Pueblos  exigió a los líderes políticos “Acción más que palabras” para así crear un mundo con una economía al servicio de la gente y el planeta. Se opone de este modo al imperante modelo económico que, priorizando el poder de los mercados, el libre comercio y las prácticas especulativas en bienes tan básicos como los alimentos ha demostrado ser tan abrasivo con la Tierra, como con los derechos de las personas. Veremos si los citados líderes toman nota de una vez o si siguen mirando para otro lado. Frente a ello, saber que se lucha por un mundo mejor nos hace sentir parte de una lucha global cargada de dignidad y de sentido común.

Existen más luces en la penumbra. Movimientos internacionales como Vía Campesina, que agrupa a millones de campesinos y campesinas, pequeños y medianos productores, pueblos sin tierra, indígenas, migrantes y trabajadores agrícolas de todo el mundo. Vía Campesina es hoy uno de los principales actores en los debates alimentarios y agrícolas, defendiendo la Soberanía Alimentaria desde que la propuso en la Cumbre Mundial sobre la Alimentación de 1996. La soberanía alimentaria apuesta por el derecho de los pueblos a alimentos nutritivos y culturalmente adecuados, accesibles, producidos de forma sostenible y ecológica, y su derecho a decidir su propio sistema alimentario y productivo. No es poco, pero además da con la clave de poner a aquellos que producen, distribuyen y consumen alimentos en el corazón de los sistemas y políticas alimentarias, por encima de las exigencias de los mercados y de las empresas.

Sin duda nos enfrentamos a grandes retos a nivel global. Sin embargo, y sin perderlo de vista, el cambio puede empezar, una vez más, desde lo local. En este sentido se proponen modelos alternativos de desarrollo, que sean integrales, sostenibles, con énfasis en lo local, que orienten hacia nuevas formas de producción y consumo, y que tengan como fin último el bienestar de toda la sociedad, asegurando el ejercicio pleno de los derechos a un medio ambiente seguro y saludable, a la tierra,  a la alimentación adecuada y a un empleo digno.

La Red de Economía Solidaria nos pregunta cómo es posible que 250 personas tengan tanta riqueza como el resto del mundo. Como alternativa a tamaña insensatez encontramos la economía social y solidaria como una forma diferente de entender la actividad económica, que promueva de manera sostenible las bases materiales para el desarrollo personal, social y ambiental del ser humano por encima de otros intereses. En esta línea se apuesta por el modelo de Mercado Social como red de producción, distribución y consumo de bienes y servicios y aprendizaje común que funciona con criterios éticos, democráticos, ecológicos y solidarios, en un territorio determinado, constituida tanto por empresas y entidades de la economía solidaria y social como por consumidores/15300761312_d8299ee23b_zas individuales y colectivos.

Ante la insistencia de nuestros gobernantes por el crecimiento económico como fuente del bienestar, apostamos por otras alternativas, discutiendo hasta el mismísimo término del crecimiento así como sus ilusorios y tan desiguales brotes verdes. Y es que, ¿no estamos viendo que el cambio climático es un contundente toque de atención a aquellos que pensaban que el mundo y sus recursos son ilimitados? La Coalición Clima denuncia cómo el ecosistema global está seriamente amenazado por el cambio climático, comprometiendo el bienestar y la supervivencia misma del conjunto de la humanidad. Toque de atención para unos, devastadores desastres naturales para todos aunque, como siempre, los más afectados son los más vulnerables y, con frecuencia, menos responsables del calentamiento global.

Frente a ello cada vez son más escuchadas y llevadas a la práctica las teorías del decrecimiento, que entienden que ha de ser inaplazable un cambio radical de la estructura social y económica. Cambio tanto a nivel de la esfera política como individual y colectiva, oponiéndose al modelo de sociedad de consumo. El decrecimiento reivindica la autogestión y la auto-organización, la reducción y el reparto del tiempo de trabajo, la redistribución real de la riqueza, la banca pública, la participación colectiva en la toma de decisiones desde lo local, el fomento de la agroecología y, como no, la reducción del consumo en general.

Alternativas no faltan, y sentirse parte de movilizaciones tanto a nivel global como local por causas justas, necesarias y urgentes como la lucha para frenar el cambio climático, la equidad de género, la soberanía alimentaria o el decrecimiento, son prácticas democráticas que están encaminadas a mejorar tanto nuestra calidad de vida, como la de quienes están a nuestro alrededor.  Junto al carácter  reivindicativo le acompaña la alegría de quienes sentimos  y vivimos la solidaridad, esto es, ser parte de la globalidad y actuar por el bien de ese todo.

¿Te animas?

#EstoSiesRiqueza


Robar alimentos a quienes pasan hambre #StopAcaparamiento

Entrada por Carlota Jimenez de Andrade y Arantxa Freire

Las ONGs occidentales hemos cambiado. Luchar contra la pobreza no significa sólo atacar las consecuencias de la pobreza y repartir alimentos sino denunciar las causas que la provocan.

Una de ellas es el fenómeno del acaparamiento de tierras por parte de empresas extranjeras, también conocido en inglés como “land grabbing”. Esto es la compra de grandes extensiones de tierra para monocultivos que se destinan a la exportación o para la producción de agrocombustibles.

En la mayoría de los casos se están transfiriendo tierras destinadas al cultivo de alimentos, lo cual pone en peligro la ya debilitada capacidad de la población campesina para producir su comida.

¿Qué es el acaparamiento?

La riqueza de los países occidentales en los últimos siglos fue posible, en parte, agracia a la colonización de África. Doscientos años después, vivimos una nueva colonización de las tierras, ya no bajo regímenes políticos explotadores sino bajo el imperio de las transnacionales.

Se trata de empresas que invierten vendiendo “desarrollo” cuando en la mayor parte de los casos producen justo lo contario: desplazamiento de poblaciones campesinas forzado de sus tierras de cultivo, la imposibilidad de acceder a tierras, cambios en los precios de los alimentos de mercados locales, erosión de sus medios de vida, etc.

Desde al año 2000 la compra masiva de tierras ha supuesto la compraventa de 83,2 millones de hectáreas, lo que supone un 1,7% de la tierra cultivable sobre el planeta. En su mayor parte estas transacciones se han realizado a partir del 2008, cuando se disparó el precio de las materias primas, que no olvidemos, cotizan en bolsa.

El caso de Agrogeba

Agrogeba es una compañía agrícola española que llegó a la región de Sare Djae y Tchutcho, en Guinea Bissau en 2010 para cultivar arroz local y venderlo a precios bajos. Todo suena muy apropiado en un país donde 2/3 de la población sufren hambre crónica. El problema es que, según la población local, la llegada de la empresa española sólo ha creado más hambre, enfermedades y peores condiciones de vida para las mujeres que antes cultivaban esas tierras. 600 personas fueron expulsadas de sus tierras sin previo aviso.

Sin título

Según la empresa, todo es perfectamente legal. La tierra es propiedad del Estado y las negociaciones se realizaron en 2010 con el primer ministro de Guinea (ahora exiliado y cesado). El informe realizado por Alianza por la Solidaridad e Intermon Oxfam “Marca España: inversiones que generan pobreza” explica que la autoridad local recibe periódicos pagos por parte de la empresa para mantener la situación de ocupación.

Lo que sí está demostrado es que la empresa no ha cumplido sus promesas sociales: la construcción de una escuela, entrega de máquinas para el cultivo a los habitantes de la región o, lo que es más grave, la comercialización del arroz a un precio más bajo que el arroz importado.  Ante ello se limita a alegar falta de beneficios.

Las condiciones laborales por su parte son más que cuestionables, porque a los trabajadores no se les hace contrato y muchas veces se les sustituye el salario por arroz. Las familias han tenido que eliminar una de las 3 comidas diarias que hacían tras la llegada de Agrogeba. Vemos como mientras los inversores consideran la tierra como una forma de invertir, para los africanos es muchas veces su única fuente de alimento y de vida.

¿Cómo se para esto?

“En primer lugar es necesario  introducir la perspectiva de coherencia de políticas en las inversiones en África. Las embajadas y las Cámaras de Comercio no pueden hacer la vista gorda antes los impactos sociales y ambientales de nuestras empresas aunque esto les de beneficios”, explica Almudena Moreno, responsable de la campaña de Inversiones Responsables en Alianza por la Solidaridad.

Además es necesario seguir trabajando en los países en Leyes de Tierras que promuevan en consentimiento de las comunidades afectadas antes de ceder las tierras a manos extranjeras. Y que se cumplan. Por otro lado, los tratados internacionales que afectan a las inversiones de empresas en adquisición de tierras deben contar con medidas punitivas en caso de vulneración de derechos, porque son, hasta ahora con lo que se cuenta es con directrices voluntarias.

La rentabilidad de estas empresas la pagan los afectados. “La hipocresía de la comunidad internacional me enfurece”, comenta Lazaro Bustince, director de la Fundación Sur. “Todas estas charlas de derechos humanos, constituciones, respeto  se convierten en hipocresía. Están hablando de derechos humanos cuando los esclavizan y empobrecen. La gente no es pobre, se la empobrece. La gente no es esclava, se la esclaviza”.

Frente a la especulación sobre los precios y el acaparamiento de alimentos fomentados por las empresas transnacionales de la alimentación y los fondos de inversión, movimientos como Vía Campesina defienden que el sistema agroecológico de producción de alimentos a pequeña escala es el que da la mejor respuesta a las demandas del presente y del futuro

Desde las ONG debemos trabajar para acercar estas problemáticas a la ciudadanía, para impulsarla a ser motor de cambio y acompañarla en ese camino. Pues también las ONG necesitan de una sociedad civil activa que exija a sus representantes políticos el cumplimiento de sus compromisos internacionales, los derechos humanos a nivel global y un mundo más justo, más solidario e inclusivo.

Organizaciones como Alianza por la Solidaridad, Amigos de la tierra, Ecologistas en Acción, Veterinarios sin Fronteras o Intermon Oxfam fomentan campañas de lucha contra el acaparamiento de tierras y recogen testimonios de las atrocidades que se están cometiendo.

Ser rentable es el objetivo principal de las empresas. Lo que no podemos permitir, como sociedad, es que el enriquecimiento de unos sea a costa de la pérdida de los derechos de otros.

#Stopacaparamiento: por unas inversiones responsables que no generen hambre y pobreza